Nos acompaña desde que venimos al mundo.
Al principio, no nos damos cuenta de su presencia, es más, no tenemos conciencia de su existencia.
En la medida que vamos creciendo se nos acerca y, de vez en cuando, nos murmura algunas palabras al oído.
Quemando hormigas con una lupa o viendo inmóvil a un chanchito de tierra después de apretarlo, algo vamos comprendiendo.
Nos mira día a día, tomándonos cariño, a pesar que sabe que tiene una misión que cumplir.
De jóvenes la encaramos y somos groseros con ella, incluso muchas veces la desafiamos pero, en general, nos permite esos arrebatos de insolencia sólo observándonos, con la paciencia que da el tiempo sin fin.
Aunque en nuestras penas la llamemos, no nos presta atención, sabe que sufrimos pero entiende que debemos crecer, evolucionar a partir de él.
Nos escucha en silencio permitiendo que le hablemos de nuestras miserias, las más oscuras, sin juzgarnos, porque a todos nos acepta por igual. No discrimina.
De mayores no queremos hablar mucho con ella, la rehuimos sospechando que nos desea mal, perdiéndole confianza. Pero ahí está ella, firme en su determinación de ofrecernos la oportunidad de aprender.
Aprender a morir, que no es otra cosa que aprender a vivir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario