Hay muchas personas
que no saben lo que quieren y caminan con miedo por la vida, hay muchas otras
que creen saberlo y sin embargo cuando lo alcanzan se sienten vacías y
descubren que querían otra cosa, ellos viven en una permanente angustia, hay menos
personas que saben lo que quieren, pero no hacen nada por alcanzarlo y son
aquellos que andas tristes. Sólo hay unos pocos que saben lo que quieren y
tienen el coraje de ir a por ello, éstos se reconocen a la distancia, tienen un
porte especial, caminan de una manera distinta y se siente. Tú fuiste uno de
esos pocos.
En ese caminar
descubriste la necesidad en ti de abrir la puerta a los que te rodeaban.
Comenzaste con tus pares, los cuales te siguieron con admiración, aunque no
siempre totalmente de acuerdo, luego continuaste con la generación siguiente,
tus hijos, sobrinos y sobrinos nietos.
“El que toma la
pelota tiene que responder: menciona tres cualidades positivas de tu persona”.
Eso nos decías en
uno de los talleres de comunicación que realizaste en tu casa, en los cuales te
tirabas los pelos por hacernos entender el camino del hombre bueno, porque esa
fue tu mirada, una mirada desde y hacia el hombre, una mirada profundamente
humanista, en la cual el hombre bueno tenía que descubrirse a partir de la
filosofía y las artes, a través del desafío de conocerse a si mismo, sus
miedos, anhelos y frustraciones.
Pero tu propuesta
de hombre bueno no era la de un santo, sino más bien la de un enamorado de la
vida, amante de la música y la literatura, gozador de la buena mesa y el buen beber,
así como apasionado por la conversación y una buena discusión.
Como olvidar aquellas
profundas charlas en las cuales no dudabas en clavarnos un puñal a nuestro orgullo
y nuestro ego y, así de heridos, partíamos a nuestras casas para ya de madrugada,
descubrir un destello de comprensión surgir de nuestro interior y, con cierto
temor nos atrevíamos a sacar aquel puñal. Al hacerlo descubríamos la herida que
deja el aprendizaje, una herida profunda pero sana, necesaria, porque en el
camino del hombre bueno necesitamos llenarnos de esas heridas que nos enseñan a
descubrir lo verdaderamente importante, lo simple, lo que de sencillo se nos
escapa dado que nos es difícil aceptar que el camino está a nuestro alcance. Es
más fácil creer que no estamos preparados, que son otros los llamados a hacerlo
y que tal vez algún día yo pueda.
Pero como ya
mencioné que tu camino no era el de santidad, cómo no recordar aquellas idas a
pescar, en donde sólo los fanáticos trataban de alcanzar la copa a la orilla
del lago, mientras los que sabíamos aceptar nuestra derrota nos íbamos a jugar
cacho o dominó disfrutando unas buenas copas y una grata conversa.
Ahora les tocaba a
las nuevas generaciones, la de tus nietos, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos,
pero ya estabas cansado, te entiendo y ten la seguridad que ellos también lo
harán.
Humildemente acepto
el desafío de entrar por la puerta que dejaste abierta y caminar por el camino
que nos mostraste, esperando algún día tener el privilegio de invitar a otros a
hacerlo y que a su vez éstos inviten a otros y éstos a otros y otros….
Santiago, 25 de octubre de 2007